Culturas, Relatos — May 20, 2012 at 11:15 pm

Firmando el paro

by

En la iracunda soledad de los días, con el ardor de la conciencia, bajo el sol y la luna, sobre el pisar de los pasos ocupados, con poco o nada en el bolsillo, el alógeno invalida al gasógeno junto al lúpulo del vaso.

En las calles tétricas, los esputos y los chicles decoran el pavimento. Mientras el añejo del rostro pétreo de los edificios le hace recordar el paso de su existencia. El árbol se desoja, la muchedumbre arrastra el pavor de la insufrible sensación del cuenta gotas de la vida. La plusvalía hace del jefe, jefe, y él mira a los jefes. Los gorros de Orwell se pasaron de moda, pero la impúdica presencia sigue altiva en sus rostros.

Mirar a otro lado es herrar, porque no es mirar, sentir el aciago cansancio de la alevosía de la esperanza, que día a día venden en la prensa, en la radio, en la televisión, en cada esquina con valor añadido, es herrar, y él lo sabe.

En la cola, las sombras de la sociedad firman algo que avisa su fin, entendiendo que posiblemente mañana sea igual. Con la cruz sobre los hombros, él sube al monte del apuro, volviendo  a saborear el lúpulo del vaso, viendo nuevamente como el árbol se desoja, y como la muchedumbre, arrastra el pavor de la insufrible sensación del cuenta gotas de los días. Porque la vida en puntos suspensivos, no es vida, solo es deuda por vivir.

Y después, posiblemente camine tranquilo mirando el esqueleto de la grúa abandonada, el serrín cubierto de polvo, la almoneda vacía, y cruzará la calle, y volverá  a la morada del crédito, y esperará un  martes más, con el ardor de la conciencia, bajo el sol y la luna.

Leave a Reply

— required *

— required *