Culturas, Relatos — March 13, 2012 at 9:28 pm

Invecinos

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De sobra sé que no está bien hablar (ni escribir) sobre la vida de la gente.

A nadie le debe importar lo que hace el vecino del quinto con todas esas chicas de estrechas minifaldas  que suben cada noche; ni la vida de la mujer del frutero, conocida en el barrio como “la Bob Esponja”… Lo de Bob le viene por Bob Marley y Esponja, por ser rubia, bajita y más bien gorda. Lo cierto y verdad es que los helechos de la terraza de “La Bob Esponja” son los más lustrosos de toda la manzana.

A nadie importa o debe importar porqué se quedó soltero Senén, el de las quinielas, si dicen que estaba prometido con una azafata de Iberia…

Ni porqué Felisa vive con su nieta ni dónde para su hijo. Sin embargo, todos rumorean que su hijo está en la cárcel y por eso vive con ella Adela.

En fin, como decía al principio no está bien hablar de la vida de nadie, que la vida de la gente no nos interesa. ¡Allá cada uno con su vida!,  pero hay que reconocer  que hay vidas muy interesantes o al menos unas más que otras. Son vidas que te dejan con la boca abierta, llenas de hazañas y peripecias. Vidas que ponen la piel de gallina (sobre todo las que terminan en tragedia…),  vidas que te atrapan, vidas a las que se adora,  que admiras y te gustaría estar en una  de ellas.

Sin embargo, no puedo escribir casi nada sobre la vida de Lucena… Conozco su nombre porque su buzón está justo al lado del mío, tiene que tener unos ochenta años bien cumplidos, la gusta leer (pues a veces, me la he cruzado en la Biblioteca), tiene un moño muy elegante y se pasa la vida leyendo en el jardín.

Saber tan poco de su vida, me da pena y más teniéndola tan cerca…

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