Politica — June 5, 2012 at 10:38 pm

La mano invisible

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La última vez que estuve en uno de estos fue en el funeral de mi abuela y desde ese día hasta hoy no he vuelto a pisarlos; la verdad es que la situación es bien diferente tanto así como el lugar, y me alegra no ver esas horribles literas de cemento que son los nichos,  me alegro de que al menos estos pobres toquen la tierra en la que descansarán para siempre.

No hay andares dubitativos aunque la linterna apenas alumbre, el camino nos lo sabemos porque ya hemos estado aquí. Llevamos toda la semana acudiendo a media tarde, como plañideras modernas sin mantilla ni pena. El primer día con traje y corbata e incluso flores, los restantes con sudadera negra y Wayfarer, observando  atentos y comedidos. Me gusta, porque esta ciudad nos ha mirado verde todos los días y entre pintas, hemos descansado y hemos hablado de lo de siempre.

Contactamos a diario con los chicos que fueron a Estados Unidos, (no se ni dónde, aunque tampoco  quise enterarme), el obituario hablaba de San Francisco. Supongo que se habrán informado, estoy tranquilo o eso me digo a mí mismo, intento no preocuparme.

No nos recreamos en la tarea, un trabajo mecánico, maquinal e inconsciente golpeando la pala contra la losa, no hay golpe seco en la arena húmeda de Edimburgo,  sacamos tierra. Primero con el instrumento, posteriormente con las manos que se hunden hondo, más de lo esperado. Y procedemos, con todo el respeto que se puede tener cuando abres sin el permiso de su morador un sepulcro, y sólo cogemos aquello que requerimos. Tan sólo lo que necesitamos, nada más.

Saltamos de nuevo la fina valla y montamos en el coche dirección a nuestro apartamento. Allí dormimos durante horas, no hay adrenalina hay cansancio acumulado. Pienso que esto se nos ha ido de las manos, quizá sea una locura, de verdad que lo es, pero no hay cargo de conciencia.

Hay sueño profundo.

Hay silencio.

Pasó una semana, y en la prensa local hablaron de ello: “Dos desconocidos  profanaron la pasada noche la tumba del célebre economista y filósofo Adam Smith (…) las autoridades desconocen las intenciones de los individuos (…)  tarea que corresponderá a los forenses que determinarán si ha habido o no algún tipo de expolio”.

Algo semejante debió suceder  allí dónde descansaban los compañeros porque recibimos recortes de prensa en los siguientes términos: “Indicios de manipulación en los restos mortales del economista M. Friedman (…), se desconoce la identidad de (…)”.

No fue tan difícil.

Un mes después acudo acompañado a  la puerta del Congreso, en mis manos una discreta urna metálica forrada en terciopelo: restos de tierra, polvo e incluso vestigios de atavíos de épocas pasadas y no tan distantes.

-“Huesos a la puerta del Parlamento” podríamos llamarle a esto si fuera un relato o una película- le digo a mi acompañante mientras sonrío y  entierro bajo todo aquello una pequeña nota, la cual os transcribo:

“A la atención de la casta despótica que ha pervertido este lugar:

Aquí yacen las manos, invisibles o no, en nombre de las cuales asfixiáis a nuestra clase.

Soltar nuestra garganta, somos soberanos.

Sacar las manos del fruto de nuestra sangre y sudor.

Cesar el expolio, concluir la represión. Si vuestras manos siguen exprimiéndonos terminaréis perdiendo las mismas, y aquí, en ésta misma urna, yacerán las manos visibles de aquellos que oprimieron a nuestra clase”

Información

Wikipedia said: La mano invisible es una metáfora que expresa en economía la capacidad autorreguladora del libre mercado. Fue acuñada por el filósofo político escocés Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales (1759), y popularizada gracias a su obra magna, La riqueza de las naciones (1776), a pesar de que sólo fue utilizada una vez en este último texto. Es generalmente aceptado que tanto la teoría de la mano invisible como el laissez faire -expresión popularizada por el fisiócrata Jean-Claude Marie Vicent de Gournay en la década de 1750- representan los fundamentos ideológicos del Liberalismo clásico.

 

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